28.11.05

Las eróticas aventuras del barón de Münchaussen: introducción

En la taberna del "Casco Abollado" apenas quedaban ya unos cuantos parroquianos. Gente sin oficio ni beneficio, que el tiempo que no dedicaban a buscarse un modo de vida, lo dedicaban a beber cerveza. El tabernero, un hombre ya entrado lo mismo en carnes que en años, limpiaba sus jarras, con metódica melancolía. Su nombre era algo parecido a Crujtmann, pero todos los llamaban "Tío Crujt".

-¡Ah de esta taberna! ¡Una jarra de tu mejor cerveza y una ronda para todos los presentes!-gritó perentoria una voz chillona.

-¡Enseguida, señor...!- contestó Crujt sin reflexionar, y ya iba a llenar la primera de las jarras cuando se percató de que no había nadie delante de la barra.

-¿Eh?- se preguntó, sin poder explicarse lo que había sucedido. -¿Quién ha pedido una ronda?-

Los parroquianos, que se habían juntado en una mesa, le indicaron por señas que mirara tras la barra, debajo. Crujt así hizo y se sorprendió al encontrar allí lo que parecía un enano. Pero un enano muy peculiar. Iba vestido con una casaca azul de oficial del ejército, con muchos borlones colgando. Un gran sable arrastraba, ceñido a la cintura por un cinturón negro y delgado que daba dos vueltas. Y sobre la cabeza había un gorro con visera, y una pluma larga que caía sobre la cara y se confundía con unos largos bigotes.

-¡La he pedido yo, tabernero despistado!- gritó el hombrecillo que poseía esa casaca, sable, sombrero y bigotes, y al hacerlo hinchó el pecho de una forma tan cómicamente ofendida que casi hizo reír al por lo general apático Crutj. Aguantó, no obstante y preguntó, muy comedido:

-¿Y vos, señor, sois...?-

-Willhelm Zwaispiel, barón de Münchaussen.-

Crujt guiñó un ojo a los otros parroquianos y prosiguió:

-Es un honor tener a un aristócrata de tan grande fama en "El Casco Abollado", no obstante temo que mi establecimiento no esté a la altura de su alcurnia, mi señor...-

No pudo terminar la frase, pues como una centella cruzando el éter nocturno, el sable del barón atravesó el aire húmedo de la taberna, con un agudo silbido, hasta colocar la punta justo en el gaznate de Crujt.

-¡Bribón, no creas que me puedes tomar el pelo impunemente! Me las he visto con dragones, ejércitos, ballenas y seres fabulosos tan excepcionales como nunca en tu vida podrás ver, y no estoy dispuesto ¡por supuesto que no! a que un tabernero de pueblo me insulte con velados chistes sobre mi estatura.-

Los parroquianos, asombrados por la destreza del forastero, habían tardado en reaccionar, pero ahora un par de ellos avanzaban con sigilo a las espaldas del barón, que mantenía la punta de sus sable en la garganta del aterrado Crujt, y lo examinaba con mirada desafiante. Pero por el rabillo del ojo vio cómo se acercaban, saltó a la barra y desde allí los gritó:

-¡Retroceded si deseáis que vuestras cabezas permanezcan justo en su sitio! Pues como a una hidra, os cortaré los cuellos, y aún me dará tiempo a patearle la calva a este loco tabernero.-

-Señor, por favor, yo...- se atrevió a musitar Crujt, su frente plagada de sudor.

-Excelencia.-señaló el barón, y volvió a hinchar su pecho para adoptar ese curioso porte señorial que lo caracterizaba.

-Perdón, excelencia. Yo no quería ofenderos. Sólamente bromeaba, como es costumbre con los forasteros para que se animen a contar los vaivenes de su viaje.-

El barón pareció satisfecho con esa explicación y alejó unos palmos el sable del grueso cuello, pero seguía mirando con furia a los dos parroquianos que, levantados, estaban confundidos por la gallardía del forastero y no sabían qué hacer.

-Me parece, maese tabernero, que vuestras costumbres agravian más que agradan, pero no seré yo quien rompa esa tradición, siempre que no llegue a más. Antes bien, gustoso os contaré algunas de mis aventuras, como prenda por la cerveza que ya deberíais haber tirado para que yo pudiera remojarme el resuello.-

Al decir eso, Crujt se apresuró en llenar hasta los bordes dos grandes jarras de rubia cerveza. El barón tomó una, y sin apenas mover su bigote, la apuró. Se limpió la espuma con un guante que llevaba prendido de una correa y enseguida se dirigió a los parroquianos, que por nombres tenían Hans y Matthew.

-Y vosotros, villanos, traed vuestras sillas, y acercad la mesa aquí a la barra, pues también os interesa lo que voy a contar. No temáis, ni por vuestras vidas si sois decentes, ni por vuestra sed, que yo mantengo las palabras que digo, y nada más traspasar el umbral de este local pedí una ronda, que nuestro amable señor...-

-Crujt.-se apresuró a declarar el tabernero, al tiempo que sus manos volában llenando más jarras.

-...ya se afana en serviros.-

Un periquete más tarde cinco taburetes y una mesa con media docena de pintas mediaba entre los parroquianos, que ya comenzaban a especular sobre las aventuras de un tipo tan singular como el señor barón, y la barra, encaramado a la cual, Willhelm Zwaispiel daba tragos rápidos a su jarra. Parecía cavilar, como si ordenara sus pensamientos, o sus recuerdos, aunque en realidad lo que hacía era crear expectación en su público. Cuando consideró que había la suficiente, comenzó a hablar:

-Pues bien, compañeros de velada, todo lo que he de decir es tan cierto como que ahora mismo empinado sobre la barra de esta taberna no llego a medir ni 4 pies. Os parecerá increíble, y a mí mismo, que lo he vivido, me cuesta trabajo creerlo. Pero hay pruebas de todo ello. Mi destreza con el sable es una, pues la aprendí a lo largo de mis aventuras batiéndome contra todo tipo de enemigos y habilísimos espadachines. Mi estatura es otra, fruto de la más reciente y fantástica peripecia. Y como creo que no tenéis preguntas, pues ya os he dicho mi nombre y mi posición en la Corte de nuestra amada Prusia, paso a contaros mi historia...

1 comentario:

El Maestro dijo...

¡Maldición! Queremos saber qué tipo de peripecias ha vivido este prohombre de las buenas maneras y la rectitud, y más si son asuntos de posiciones horizontales y caidas de imperios como el de Roma. Que se desate el erotismo, oiga, no quiero seguir así en este sinvivir...